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The Wire (HBO, 2002)


Queridos escritores norteamericanos, tengo una mala noticia: la Gran Novela Americana ya está hecha. Admitidlo, por mucho que os esforcéis con vuestra pluma, no podéis superar la simbiosis de un ex periodista de la sección de sucesos y un antiguo detective de homicidios metidos a guionistas por la gracia de los dioses. Bendito sea su "a la mierda el espectador medio", porque nos hizo mejores espectadores de lo que soñamos ser algún día.

Las virtudes de The Wire no son sólo el realismo y el detalle de tramas, personajes, suburbios, su genial e innovadora idea de enfocar la sociedad de Baltimore con poliédrica mirada de mosca y dedicar cada una de sus temporadas a un tema distinto y complementario (drogas, corrupción, política, cultura, prensa), hasta componer un tapiz cuya complejidad es casi imposible para cualquier otro arte o medio de análisis: el milagro es que The Wire se eleva por encima de su aspiración a ser fotografía y compone un auténtico olimpo de personajes mitológicos, sin perder un ápice de su vocación testimonial. Basta decir Omar, para que los fanes más fanes de la serie, sin importar nuestra edad o condición sexual, suspiremos con una mezcla de deseo, envidia y admiración. No es queramos ser Omar; nos conformaríamos con que existiera.

Por experiencia propia lo digo: no es fácil acceder a esta secta. La primera vez que comencé a verla no supe estar a la altura. A la segunda la conversión fue absoluta. The Wire es la vida misma, vista por un dios compasivo que no puede intervenir pero de todo se apiada, contada por David Simon, su profeta en la tierra. Amén.

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